
SAN JUAN DE LA CRUZ Y LA MISERICORDIA
Una mirada sanjuanista a la misericordia de Dios en la vida y en la historia
Juan de la Cruz tuvo una infancia muy difícil. Conoció la orfandad, el hambre, la mendicidad, el ser aprendiz de diversos oficios sin lograr identificarse con ninguno… Un fraile hermano nuestro nos dijo en más de una ocasión que tenía todos los boletos para ser el “patrono de los amargados”. Sin embargo, los testimonios de sus procesos de beatificación y canonización insisten en que era un hombre afable y alegre. Un hombre convencido de la misericordia de Dios en su vida y en la historia de la humanidad.
San Juan no dudaba en llamar a Dios “Padre de misericordias”. Y en la conocida Oración del alma enamorada comienza diciendo: “¡Señor Dios, amado mío! Si todavía te acuerdas de mis pecados para no hacer lo que te ando pidiendo, haz en ellos, Dios mío, tu voluntad, que es lo que yo más quiero, y ejercita tu bondad y misericordia y serás conocido en ellos” (Dichos Nº 26).
Donde ve más claramente la misericordia de Dios es en los misterios de la fe de la vida de su Hijo Jesús. Comentando el Cántico espiritual, nos dice:
“Danme a entender admirables cosas de gracia y misericordia tuya en las obras de tu Encarnación…” (CB 7, 7)
Para san Juan, Jesús es la “mano misericordiosa del Padre” (LlB 2, 16).
Dios es “extraño”, nos dice nuestro hermano, porque sus obras son siempre nuevas y admirables, también en su misericordia. Dios ve nuestras más pequeñas acciones de amor y les da un valor infinito, porque Él nos ama primero (“el mirar de Dios es amar”: CB 32, 3).
Estos ojos del Esposo son su Divinidad misericordiosa, que se inclina al alma, infunde su gracia y la eleva hasta hacerla partícipe de la misma vida divina (cf. 2 Pe 1,4). Y el alma reconoce: “Por eso me amabas”… amar mucho, amar duplicadamente (CB 32,3-5).
¿Y qué hace el alma cuando mira a Dios?
“Veían grandeza de virtudes, bondad inmensa, amor y misericordia en Dios…” (CB 32,8)
Al recordar estas misericordias, el alma se llena de gozo y agradecimiento (cf. CB 33,2). Porque los bienes de Dios alegran a la persona según los va descubriendo: justicia, misericordia, sabiduría, caridad… (CB 37,2).
Todo esto no es teoría. Juan lo vivía. Sus cartas reflejan esta misericordia concreta:
“Me compadecí de su pena…” (Carta 22)
“Mucho me consolé con su carta…” (Carta 8)
¿Quién es Dios para este Santo?
“Dios… es misericordioso, amoroso… y cada atributo es una lámpara que da calor de amor” (LlB 3, 2)
Y en un texto profundamente bello:
“Yo soy tuyo y para ti… y gusto de ser tal cual soy por ser tuyo y para darme a ti” (CB 3,6)
Por eso, para san Juan, Dios también es Madre:
“Como la madre en servir y regalar a su niño…” (CB 27,1)
PREGUNTA PARA REFLEXIONAR:
Releyendo los textos de san Juan de la Cruz sobre la misericordia de Dios, ¿qué enseñanzas encuentras para tu vida personal, familiar y comunitaria, que también debe mostrar la bondad del Buen Dios?
Fr. Juanito Arias, OCD
Mayo 2026 – Año Jubilar Sanjuanista
Una palabra final desde el corazón
Al acercarnos a estas enseñanzas de San Juan de la Cruz descubrimos que no estamos ante ideas antiguas, sino ante una luz viva para nuestro tiempo. En medio de un mundo acelerado, el Santo nos recuerda que Dios sigue actuando con misericordia real y concreta, manifestada plenamente en Cristo.
Su experiencia nos enseña algo decisivo: Dios no ama en teoría. Dios ama en lo concreto, en lo pequeño, en lo cotidiano. Pero ese amor no solo consuela: transforma, eleva y renueva el alma desde dentro.
Quizá hoy la pregunta no es si Dios es misericordioso —eso ya lo sabemos—, sino si estamos dejando que esa misericordia, que nos alcanza en Cristo, transforme nuestra manera de mirar, de vivir y de amar.
Porque quien se sabe amado así… ya no puede vivir igual.
Manuel Vásquez Loja, OCDS

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