El seguimiento de Cristo


EL SEGUIMIENTO DE CRISTO EN SAN JUAN DE LA CRUZ

Una reflexión espiritual sobre el discipulado cristiano desde la experiencia sanjuanista


1. Origen y raíz

Brota del amor o enamoramiento de Jesucristo. En 1S, considerado como uno de los más exigentes, se enseña que la pretensión de imitar a Cristo es efecto del amor (1S 14,2). El amor es capaz, en nuestro caso, de hacer suaves los sufrimientos; el místico tiene experiencia de ello (1S 14,3).

Cuando se acusa al Santo de ser demasiado exigente con la naturaleza, habría que tener en cuenta que no se cansa de repetir al principio del camino que, si el hombre se decide de verdad a emprenderlo, encontrará en él grandes consolaciones: “Muy en breve vendrá a hallar… gran deleite y consuelo” (1S 13,7).

Siempre que habla de los comienzos, jamás omite la alusión al enamoramiento como origen del seguimiento de Jesucristo. En el mismo arranque del Cántico predominan esos sentimientos. Los vocablos “Amado”, “gemido”, “herido” y “salir” sitúan el libro en un contexto de amores, al mismo tiempo que dan razón del abandono de las cosas (Cf. C 1,16).

Pero el gemido de la novia no cae en el vacío: hace a su vez gemir al Esposo (C 13,9).


2. Disposiciones fundamentales

El Santo está convencido de que muchos cristianos ignoran las exigencias radicales que implica el seguimiento. Uno de los objetivos de sus libros es precisamente clarificar un tema de tanta importancia: quitar “ofendículos y tropiezos a muchas almas que tropiezan no sabiendo, y no sabiendo van errando, pensando que aciertan en lo que es seguir a tu dulcísimo Hijo” (Dichos pról.).

Y explica enseguida su naturaleza, que consiste en “hacerse semejante a Cristo en vida, condiciones y virtudes y en la forma de desnudez y pureza de espíritu”. Hacerse semejante a Cristo implica decidirse a llevar su cruz.

El Santo resalta este punto con fuerza. Así aconsejará en cierta ocasión a una religiosa: “Crucificada interior y exteriormente con Cristo vivirá en esta vida con hartura y satisfacción de su alma” (Dichos 86).

Ha de quedar solitario en el corazón el deseo de Cristo: “Bástele Cristo crucificado, y con él pene y descanse” (Dichos 91); “ame mucho los trabajos y téngalos en poco por caer en gracia al Esposo, que por ella no dudó morir” (Dichos 93).

La esposa quiere responder al amor del Señor aceptando aquella cruz en la que Él le demostró cuánto le quería. Pero ¿cómo llegar a tener estos sentimientos? Es el mismo Cristo quien nos los ha de infundir: “Si tú en tu amor, ¡oh buen Jesús!, no suavizas el alma, siempre perseverará en su natural dureza” (Dichos 30).

El camino de la santidad es el camino del seguimiento y en él el único modelo es Jesús: “Nunca tomes por ejemplo al hombre… sino imita a Cristo, que es sumamente perfecto y sumamente santo, y nunca errarás” (Dichos 156).

Ni un mínimo afecto ajeno al Señor puede vivir en el alma: “Renúncielo y quédese vacío por Él por amor de Jesucristo” (1S 13,4). Subida del Monte Carmelo es ascenso a Cristo, así como Noche es su luz deslumbrante.

Cántico presenta la salida en pos de Jesús como un camino de amor: “Buscando mis amores” (C 3,1), y describe también las vicisitudes por las que atraviesa el amor hasta conseguir su madurez.


3. Conceptos fundamentales sobre el seguimiento

Se inicia con un impulso de la gracia. Subida y Cántico lo entienden como una llamada de Cristo que conmueve lo más íntimo de la persona. Significa salida de las cosas.

Pero el seguimiento no se constituye principalmente por la negación o huida del mundo, sino más bien por la preferencia del Señor. El acento se pone en Jesús, el cual exige que todo el caudal del hombre se ordene a Él.

La renuncia, sin embargo, se da, y supone un gran esfuerzo (1S 6-12). Es cierto que el enamoramiento de Cristo impulsa a ese vaciamiento, pero no por ello dejan de conmoverse las mismas estructuras de la persona. Se trata de una verdadera recreación.

El seguimiento no es auténtico mientras la renuncia no alcance los centros neurálgicos del ser (1S 8,4). Supone también lucha denodada contra los propios defectos (C 3,2).

Exige también al discípulo el conocimiento de la vida de Cristo, que “debe considerar para saberla imitar” (1S 13,3). Considerar equivale a contemplar, reflexionar y compenetrarse con la existencia de Jesús.

No es suficiente que la persona se deje fascinar por el bello programa de Jesucristo; es necesario sentirse herido por su persona. A esto se refiere el Santo cuando habla de la “inflamación de la voluntad”: “con ansias en amores inflamada” (1N 11,1).

La inflamación combustiona los apetitos, porque surge del amor infuso que Dios mismo derrama en el hombre (C 1,17). Después se da a conocer el origen de esta inflamación, que no es otro que el Espíritu Santo, a quien incumbe ahuyentar la sequedad del alma (C 17,2).

Él suscita los amores de la amada: “La inflama toda, y la regala y aviva y recuerda la voluntad, y levanta los apetitos, que antes estaban caídos y dormidos al amor de Dios” (C 17,4).

“A zaga de tu huella / las jóvenes discurren al camino / al toque de centella / al adobado vino / emisiones de bálsamo divino” (C 25)

Bajo la imagen del vino inebriante se esconde el Espíritu, que el Padre envía al corazón de la novia para que anhele a Cristo (C 25,8).

Por ahora es suficiente que el discípulo tenga grabada en su mente su única pretensión, que el Santo resume en el siguiente lema: “Guardar la ley de Dios perfectamente y llevar la cruz de Cristo” (1S 5,8).

El deseo de identificarse con el Señor presupone el conocimiento de su persona y de su vida. De este modo, el Santo pone implícitamente como base de su proyecto el Nuevo Testamento.

Colaboración: P. Juanito Arias Luna, OCD – Ecuador

Fecha: 14-diciembre-2014

Fuente: Cf. Castro, Secundino, Hacia Dios con San Juan de la Cruz, EDE, Madrid, 1986, pp. 47-53.



Una palabra final desde el corazón


Al acercarnos a estas enseñanzas de San Juan de la Cruz descubrimos que no estamos ante ideas antiguas, sino ante una luz viva para nuestro tiempo. En medio de un mundo acelerado, superficial y muchas veces cansado interiormente, el Santo nos recuerda que seguir a Cristo es una experiencia real, profunda y transformadora. No basta admirarlo de lejos; es necesario caminar con Él, dejarse tocar por su amor y permitir que renueve lo más íntimo del alma.


San Juan de la Cruz nos enseña que el camino cristiano no se sostiene solo con esfuerzos humanos, sino con enamoramiento de Jesucristo. Cuando el corazón ama de verdad, la renuncia ya no pesa del mismo modo, la cruz adquiere sentido y la fidelidad se vuelve posible. Lo que antes parecía pérdida, se convierte en ganancia; lo que parecía noche, termina siendo amanecer.


Personalmente, al contemplar estas páginas, siento que el Santo nos invita a volver a lo esencial: amar más a Cristo, buscar más a Cristo, preferir más a Cristo. Todo lo demás pasa. Solo Él permanece. Solo Él llena el corazón humano. Solo Él puede conducirnos a la verdadera libertad interior.


Que estas reflexiones no queden solo en lectura, sino que se vuelvan oración, examen de vida y deseo sincero de conversión. Que cada uno de nosotros pueda preguntarse en silencio: ¿Qué lugar ocupa Jesús en mi vida? ¿Qué necesito soltar para seguirlo mejor? ¿Qué amor me está llamando más adentro?


Pidamos a San Juan de la Cruz que nos enseñe a caminar tras las huellas del Amado con humildad, perseverancia y esperanza, hasta que toda nuestra vida pueda proclamar, con obras más que con palabras, que quien encuentra a Cristo, lo encuentra todo.

Manuel Vásquez Loja, OCDS

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