
Navidad: acoger a Dios para aprender a cuidar al hermano
Una llamada a construir comunidades teresianas fraternas y responsables
La Navidad no es solo una fecha que se celebra; es un misterio que se acoge. No es un recuerdo del pasado, sino una presencia viva que irrumpe hoy en la historia, en las comunidades y en el corazón de cada creyente.
Los Evangelios que la Iglesia nos regala desde el 25 de diciembre no nos hablan de una Navidad romántica o superficial. Nos conducen, paso a paso, a contemplar un Dios que entra en la fragilidad humana, que se deja tocar por el dolor del mundo y que elige habitar entre nosotros para enseñarnos a vivir de otro modo.
San Juan lo proclama con fuerza:
“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14).
Dios no se quedó en las alturas. Vino a poner su tienda en medio de la humanidad concreta, herida, diversa. Y eso tiene consecuencias profundas para nuestra manera de vivir la fe, especialmente para quienes hemos sido llamados a vivirla en comunidad, como Carmelitas Seglares.
La Navidad revela el rostro del Dios que se hace hermano
El Niño de Belén no nace en un palacio, sino en la pobreza; no es acogido por multitudes, sino por unos pocos; no impone su presencia, sino que espera ser recibido.
Desde el primer momento, Jesús se presenta como un Dios vulnerable, confiado al cuidado de otros.
Los Evangelios de la Octava nos muestran que, junto a la luz de la Navidad, aparece también la sombra:
- San Esteban muere por confesar su fe.
- Los Santos Inocentes nos recuerdan el sufrimiento de los más débiles.
- María guarda y medita en silencio.
La Navidad, entonces, no nos aleja de la realidad: nos introduce más profundamente en ella, pero con una mirada nueva, una mirada habitada por Dios.
Aquí resuena con fuerza el mensaje de Navidad del Papa León XIV, quien nos ha recordado que el nacimiento de Cristo es una llamada urgente a superar la indiferencia, a no cerrar los ojos ante el dolor del otro, y a asumir la paz y la fraternidad como responsabilidad cristiana.
La paz, decía el Papa, no es solo un deseo; es una tarea.
Y esa tarea comienza en lo más cercano: nuestras comunidades, nuestras relaciones, nuestra manera de cuidarnos.
Navidad y Carmelo Seglar: una vocación que se vive en comunidad
Santa Teresa de Jesús entendió profundamente este misterio.
Para ella, la experiencia de Dios no podía separarse nunca de la experiencia fraterna. Por eso soñó comunidades pequeñas, humanas, cálidas, donde las personas se ayudaran a caminar juntas hacia Dios.
“Todas se han de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar”
(Camino de Perfección, 4,7).
Estas palabras no son un adorno espiritual. Son un criterio vocacional.
La Navidad nos confronta con una verdad sencilla y exigente:
no puedo decir que acojo al Niño Dios si no acojo al hermano que camina conmigo.
No puedo contemplar al Jesús frágil del pesebre y, al mismo tiempo, ser indiferente al cansancio, al silencio, a la herida o a la ausencia de un hermano de mi comunidad.
Construir comunidades teresianas fraternas es aprender a mirar al otro como miramos al Niño Jesús:
- con respeto,
- con ternura,
- con responsabilidad.
No se trata de “lucirse”, ni de cumplir funciones visibles, ni de buscar reconocimiento.
Se trata de vivir la comunidad porque es mi vocación, porque Dios me llamó a este camino concreto, con estos hermanos reales, no ideales.
Una llamada a los Consejos y a cada hermano y hermana
Esta Navidad es también una llamada clara a los Consejos de las comunidades OCDS.
No solo a organizar, administrar o planificar, sino a velar por la vida fraterna, por los hermanos concretos que Dios nos ha confiado a su cuidado.
Velar significa:
- abrir los ojos a quien se ha ido apagando en silencio,
- acompañar con paciencia al que camina más lento,
- cuidar los procesos, no solo las estructuras,
- escuchar antes de corregir,
- discernir juntos, no decidir solos.
Pero esta llamada no es solo para los Consejos. Es para cada carmelita seglar que es parte de denuestras Comunidades.
Mi vocación no puede ser espectante.
No puede ser cómoda.
No puede ser tibia ni mediocre.
La Navidad nos recuerda que Dios no fue tibio con nosotros: se dio entero.
Y nuestro Dios tan grande no puede recibir una respuesta pequeña, tibia, mediocre de nuestra parte.
Ser Carmelita Seglar hoy significa asumir que mi fe se juega en la comunidad, que el amor a Dios se verifica en el amor concreto al hermano, a la comundad ocds, que la oración auténtica siempre desemboca en responsabilidad fraterna.
Acoger al hermano como acoger al Niño Dios
Esta Navidad, el Evangelio y el Papa nos invitan a una conversión muy concreta:
mirar el rostro de nuestros hermanos seglares, de nuestros frailes, de nuestras monjas carmelitas, y reconocer en ellos una presencia que nos ha sido confiada.
Acoger al otro no es solo saludarlo o darle la mano.
Es preocuparme por él.
Es preguntarme cómo está.
Es tambien que me responda con sinceridad.
Es alegrarme con su bien y cargar con su peso cuando hace falta.
Así se construyen comunidades teresianas:
no desde la perfección, sino desde el amor perseverante;
no desde el protagonismo, sino desde el servicio;
no desde la comodidad, sino desde la fidelidad.
Santa Teresa nos sigue repitiendo hoy, con ternura y firmeza, que la verdadera unión no está en pensar igual, sino en amar mucho.
Que esta Navidad, el Niño Jesus que nace, nos encuentre así:
- más atentos,
- más responsables,
- más fraternos,
- más comprometidos con nuestra comunidad, con nuestra vocación ocds.
Porque cuando una comunidad se cuida, Dios descansa en ella.
Y ese es, al final, el verdadero milagro de la Navidad.
Manuel de San José, OCDS
Comunidad Santos Esposos Martín Guérin – Cuenca
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