J. del Carmen de Jesús Sacramentado, OCDS
19 Marzo 2025 Reflexión
«San José y Santa Teresa de Jesús, de grandísimos trabajos y dos vidas santas».
En el Libro de la Vida, capítulo VI, Santa Teresa de Jesús nos escribe sobre su devoción a San José. Nos cuenta que después de pasar «grandísimos trabajos» padeciendo una terrible enfermedad que la dejó «tullida» por mucho tiempo y procurando llevar tantos padecimientos por amor a Dios, queriendo y rogando estar sana para mejor servirle, Santa Teresa se empeña en sacar el máximo provecho a aquella situación dedicándole más tiempo a la oración, siendo «amiguisima de leer buenos libros», procurando corresponder a los regalos que el Señor le concedía mientras más procuraba estar con Él a solas.
Teresa reconoce que, entre ofrecer y llevar lo mejor posible su enfermedad, siendo fiel en la oración, el Señor le fue concediendo crecer en virtudes como «paciencia para sufrir mal con todo contento», no tratar mal a nadie, excusar toda murmuración, hacer sentir seguras a sus hermanas cuidando sus espaldas, siendo cada vez más amiga de tratar y hablar del Señor, comulgando y confesándose con frecuencia y un mayor arrepentimiento de haber ofendido a Dios.
Creciendo en entrega y experimentando sus propias limitaciones y fragilidad, no solo del alma, sino también del cuerpo, queriendo con todo su ser sanarse para «mejor servir», decide acudir «a los médicos del cielo», pues los de la tierra ya no parecían poder hacer mucho más. Conociendo su poca inclinación a devociones y ceremonias que ella no podía «sufrir», decide acudir al glorioso San José, tomándolo por abogado y Señor.
Comienza entonces una devoción que «es cosa que espanta las grandes mercedes» que le hizo Dios por medio de este Santo a quien llama bienaventurado, y que sin duda lo fue por haber sido el custodio y protector del mismo Dios encarnado y su Santísima Madre María.
No pocos trabajos pasó San José en este mundo para llevar a cabo la labor que Dios mismo le encomendó en sueños. Santa Teresa escribe de San José que la libró de muchos peligros, no solo del cuerpo, sino del alma, y que por experiencia sabe que a San José el Señor le concedió la gracia para socorrer en todas las necesidades, dándonos a entender que «así como le fue sujeto en la tierra -que, como tenía el nombre de Padre, siendo ayo, le podía mandar-, así en el cielo hace cuanto le pide».
Santa Teresa de Jesús, por experiencia, quisiera «persuadir a todos que fuesen devotos de este glorioso Santo, por… los bienes que alcanza de Dios», pues también nos ayuda a crecer en virtud.
Entre las devociones populares aprobadas por nuestra Santa Madre Iglesia, encontramos el encomendar a San José una santa muerte, porque aspiramos a morir como José, en compañía y asistidos de Jesús y María. No cabe duda de que valdría también encomendar a San José una santa vida, una vida como la de Teresa, llevada con mucha conformidad y alegría, queriendo mucho y determinada a amar, amando a nuestro Señor «en medio de grandísimos trabajos», una vida de oración, tomando a San José como maestro y protector.
Si orar es hablar con Dios y «estar muchas veces a solas con quien sabemos nos ama», qué mejor maestro que San José, que tantas horas compartió y habló con Dios mismo, a quien tuvo entre sus brazos y a quien enseñó a trabajar en este mundo, enseñándole al creador del mundo cómo trabajar la madera.
¡San José, nuestro padre y señor, ruega por nosotros!



Deja un comentario