El Padre Fray MIGUEL DE MARÍA MÁRQUEZ CALLE
El P. Miguel Márquez Calle (de María) nació en 1965 en Plasencia (Cáceres). Ingresó en la Orden del Carmen Descalzo en 1983 emitiendo su profesión religiosa en 1985. Fue ordenado sacerdote en Medina del Campo en 1990. El P. Miguel Márquez es Licenciado en Teología Dogmática por la Universidad Pontificia de Comillas de Madrid, con un Tesis de licenciatura sobre “La Imagen de Dios en el Magníficat”.
Ha desempeñado numerosos puestos de responsabilidad y gobierno en la vida de la Provincia de los carmelitas de Castilla, como Consejero Provincial de 1999 al 2002 y Vicario Provincial de 2002 al 2005, cargo para el que fue elegido nuevamente en el capítulo provincial de 2008 y después como Provincial. Asimismo, ha ejercido de formador, como maestro de estudiantes durante seis años, en la comunidad de Salamanca. En febrero de 2015 fue elegido primer provincial de la nueva provincia ibérica de Santa Teresa de Jesús, nacida de la unión de las provincias de Andalucía, Aragón y Valencia, Burgos, Castilla, Cataluña y Baleares, en el capítulo provincial extraordinario convocado a tal fin. Fue reelegido para el mismo servicio en el I capítulo provincial ordinario en abril de 2017 hasta julio de 2020 en que pudo celebrarse de nuevo el capítulo provincial.
El P. Miguel Márquez es autor de numerosas publicaciones de carácter teológico y espiritual, como de numerosos artículos (es colaborador habitual en revistas como “Teresa de Jesús” y “Revista de Espiritualidad”). Ha sido profesor de mística y mariología en el CITeS de Ávila, profesor de mariología en los cursos de renovación carmelitana en el Monte Carmelo, profesor de pastoral en el Instituto de espiritualidad de Santo Domingo.
Igualmente destaca su actividad como animador de la vida espiritual con charlas, retiros, ejercicios y su ayuda a numerosísimos grupos de oración. Igualmente ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo a la dirección espiritual y acompañamiento de muchas personas, entre los que se cuentan sacerdotes, religiosos, monjas y seglares.
Miguel Márquez era una promesa del fútbol extremeño –jugaba en el Plasencia– cuando se le cruzó el Carmelo Descalzo. Le impresionaba la felicidad de las monjas del convento donde era monaguillo. «Aquí hay algo fuerte que descubrir», se dijo. Luego, en el monasterio de las Batuecas quedó en shock y empezó a leer a santa Teresa de Jesús. Al final, dejó la competición por la contemplación. Hasta llegar a superior general.
Quizás no es el mejor momento para ser general.
Lo que te toca vivir es casi siempre lo más adecuado. Estamos en un momento delicado y la Iglesia está en el punto de mira por nuestro testimonio. En la noche oscura y en los tiempos más difíciles surgen los santos más lúcidos. Los peores momentos del carmelo han sido los más fecundos. Las páginas más bonitas del carmelo se han escrito en los días más difíciles. No podemos renegar del presente, aunque sea complicado.
El Papa les advirtió ante la tentación de la supervivencia.
No quisiéramos convertirnos en gente que proteja su edificio o su seguridad. Queremos proteger un carisma. Es el momento de volver al origen, de recomenzar y revivir lo que vivió Teresa de Jesús. Tenemos santos que son una maravilla, y su vida fue fecunda porque pasaron por la noche, por la crisis, por sentir que podían fracasar. La fe consiste en pasar por la duda y dejar que Dios se haga presente como Él quiere.
¿Vive la vida religiosa una noche oscura?
Estamos en la búsqueda de nuestro lugar en el mundo. Es una época de crisis, de desierto, y podemos tener la tentación de pensar que esto no va por buen camino y de buscar, a nivel espiritual, seguridades rápidas y concretas, y respuestas claras y nítidas. Es un peligro buscar espiritualidades que responden con mucha claridad, porque los místicos se fueron encontrando con Dios dejando a Dios hacerse presente.
¿Cuál es la situación de la orden?
La orden está creciendo mucho en África y Asia. En América, discretamente. En Europa, el número baja de manera importante. El rostro de la orden va adquiriendo un carácter asiático y africano. En total, somos 4.000 frailes. El hecho de crecer no asegura que la orden crezca suficientemente fortalecida. Por eso, el reto es la formación y el acompañamiento de las vocaciones, que la gente interiorice qué significa la vida religiosa.
¿Qué aporta el carisma carmelitano?
La amistad con Dios y la contemplación, de la que brotan la fraternidad y la misión. En un mundo en el que la dignidad de la persona humana está en interrogante, la contemplación supone reconocer a la persona como hija de Dios y sentirse habitado.
Antes de actuar, contemplar.
Tenemos la tentación del activismo, de pensar que somos los que vamos a salvar el mundo. No somos nosotros, depende de cómo dejemos a Dios que se cuele. Dios hace cosas inimaginables con gente que se siente débil. La gracia de la Iglesia no está en sus estructuras.
Ha liderado la unión de varias provincias carmelitas en España. ¿Es el futuro?
Estamos llamados a aunar esfuerzos, a un diálogo sobre cómo aprovechar las diferencias para construir.
¿Cuáles van a ser sus prioridades?
La primera es la interculturalidad, que cada región no viva como una realidad aislada. Otra es la formación de los jóvenes que nos llegan: el discernimiento es fundamental, pues no todo el mundo vale para la vida religiosa o las motivaciones no son siempre claras. Es importante también cuidar el tiempo después de la formación, cuando un sacerdote es lanzado a una comunidad. Y la pastoral juvenil y vocacional: hay que dar altavoz a los jóvenes religiosos y laicos.
¿Sigue habiendo sed espiritual?
Aunque vivamos nuestra noche oscura, la gente se pregunta dónde está Dios.
¿Lo ha podido comprobar?
En los peores momentos de la pandemia estuve ayudando a los capellanes del hospital Gregorio Marañón y del hotel Miguel Ángel [fue medicalizado]. Entraba en las habitaciones a escuchar, no a dar recetas. Y la gente no hablaba de penas, sino de milagros, de las cosas que habían descubierto. Me impresionó entrar en la habitación de una persona transexual. Recé, le di la bendición y me dijo que fuera más veces. En la segunda entrevista me contó su historia y ese día fue ella la que me pidió rezar. Fue sobrecogedor ver esa necesidad. La pandemia nos ha hecho preguntarnos dónde está Dios y tengo la sensación de que, si uno escucha bien lo que pasa, ahí está.


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